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martes, 16 de mayo de 2017

La magia del baloncesto

Juan Luis Mármol

Por favor, permitidme unas cuantas líneas sobre mí antes de entrar en materia. Todo necesita un contexto, y en este caso más que nunca. Pero prometo que voy a hablar del fin de semana en Valladolid.

Aunque me encargo de hacer las previas y crónicas de los partidos del Aceitunas Fragata Morón, yo de baloncesto sé lo justo para no hacer un ridículo sonoro a la hora de contar lo que pasa. Es un gran defecto que camuflo con una rutina de trabajo muy definida, un esquema que repito en casi todas las piezas y que solo varía según lo que ofrezca el partido. Sí, le resta mucha frescura al asunto cronístico, pero al menos no meto la pata demasiado.

Porque mi relación con el baloncesto ha sido extraña. He jugado a este deporte de forma intermitente toda mi vida, por supuesto en categorías inferiores de este club. Me enorgullezco de haber contribuido a aumentar el palmarés (?) gracias a dos medallas conseguidas en campeonatos provinciales con 10 y 11 años (no diré mis estadísticas para no avergonzarme más), pero llegó un momento de mi vida en que lo dejé. Seguí viéndolo en los años de penurias de la sección del Real Madrid y me dejaba caer de vez en cuando por el Pabellón, pero con muy poca frecuencia.

Ya sea porque el fútbol era más fácil de asimilar (uno se tiene que reír cuando lo más complicado que hay es el fuera de juego) o por mi propia circunstancia, siempre me faltó ese mayor conocimiento del baloncesto para poder hablar con propiedad y apreciar bien un buen partido. Eso generó cierta falta de interés y, a la larga, me desapegué por completo. Fue un amor fugaz, de adolescencia, de los que se pierden cuando ella se convierte en la chica popular y tú sigues siendo el mismo pringado de siempre. Mi último recuerdo de emocionarme con el baloncesto fue la consecución de la ULEB en 2007 por parte del Madrid de Joan Plaza (al que tuve la oportunidad de darle las gracias siete años después durante nuestra fase de ascenso). Luego, sequía.

No sería hasta 2012, cuando el lasismo empezaba a dar sus frutos, que volví a engancharme al baloncesto. Pronto regresé al Pabellón Alameda, a ver a esos jugadores que estaban dándolo todo en EBA, y poco a poco el gusanillo fue aumentando. El amor de adolescencia regresaba con la madurez de la juventud (sí, podemos ser maduros a veces) y comenzaba una nueva relación que trajo grandes alegrías: campeonar dos veces seguidas en EBA, dos fases de ascenso a LEB Plata, la consecución en 2015 y las dos temporadas de ensueño en esta categoría. Baloncesto de quilates. Recuerdos de oro fraguados a base de esfuerzo, sacrificio, triunfos y derrotas, compartidos además por una banda de hermanos que se unieron por la causa de este noble deporte. El baloncesto se convirtió en una parte fundamental de mi vida una vez más, manteniendo la felicidad en momentos duros y trascendiendo las barreras del mero entretenimiento. Así que me resulta muy paradójico que siga sin tener ni papa de los entresijos de esto.

Por eso este fin de semana en Valladolid me ha brindado una oportunidad de oro. No solo han sido tres días intensos, sino que han servido como master class de baloncesto de la mano de los mejores profesores. Ha arrojado una nueva dimensión a mi percepción, no solo del baloncesto en sí, sino de lo que significa el Club Baloncesto Morón. Una entidad que se desvive por el baloncesto y a la que no le importan cuantas piedras surjan en el camino, ya que siempre se encuentra la manera de sortearlas. ¿Por qué? Porque la recompensa siempre hace que merezca la pena.

Estamos viviendo unos momentos ilusionantes y con ilusión salimos para Valladolid. Los jugadores, en furgonetas (y no passssssa nada), el jueves. El resto de la expedición en coche, el día del partido. Un viaje que compartí con Pepe Reina y su hija, Jorge Angulo y Francisco Orellana al volante. Normalmente, en un trayecto de seis horas, caería rendido a las primeras de cambio. Pero en esta ocasión el viaje se hizo hasta corto escuchando a este trío. No solo por los conocimientos y el anecdotario, sino por la pasión con la que lo hacían. Así, en un abrir y cerrar de ojos dejábamos atrás la Ramira para aparcar junto al Polideportivo Pisuerga, donde ya estaban calentando los jugadores.
Entrenamiento en el Pisuerga
Afición en Valladolid
Alegría tras la 1ª victoria

Lo imponente de este recinto quedó eclipsado por el aura de los muchachos de Rafa Rufián, que tenían un toque especial. Superar la barrera de los cuartos de final supuso el levantamiento de una carga, a mi entender. Ya no había presión, todo lo que viene ahora es un regalo que disfrutar al máximo, una pelea contra la historia que estos jugadores quieren ganar a toda costa. El fin de semana comenzó con esa victoria y nuestro regreso al hotel (donde también se hospedaba el equipo de balonmano de Triana, que logró el ascenso de categoría) fue de dulce. Compartir mesa y mantel con el equipo me sirvió para confirmar algo que ya sabía: el grupo es una piña.
Reina un ambiente fantástico, de compañerismo y alegría regados de un serio compromiso para la causa, un cóctel resultante de la mezcla de tantas personalidades, a priori opuestas, y que ha resultado ganador. Y uno de los mayores responsables de esto es nuestro entrenador. Rafa Rufián se hizo con las riendas del equipo en una situación complicada y consiguió un verdadero milagro. Siempre se dice que segundas partes nunca fueron buenas, y la segunda temporada del club en LEB Plata estaba siendo complicada. Muchos jugadores no se encontraban y las bajas y altas se sucedían sin ton ni son. Pero poco a poco, con su experiencia como jugador aún en la memoria reciente y el curso acelerado en el banquillo durante los primeros meses de la temporada sirvieron para que los jugadores dejasen de ser individuos para convertirse en una sola unidad.

El secreto para esto lo comprendí en las vísperas del partido. Más allá de los entresijos tácticos que requiere el baloncesto, el ingrediente vital es la pasión. Si mi viaje de ida fue tan fructífero en cuanto al aprendizaje, esa conversación en la que estaban presentes Rafa, Pepe, Orellana, Jorge, Sara y los hermanos Marín fue la confirmación de que el Club Baloncesto Morón está en manos de verdaderos apasionados por este deporte y por esta entidad. A veces, yo el primero, pecamos de un exceso de emoción con los logros del Aceitunas Fragata Morón. Escucharles fue un privilegio que no puedo describir bien sin hacer un texto más extenso que este. Si ya tenía ganas del segundo partido, tras esto la espera se hacía eterna.

Las derrotas se nos hacen más dramáticas de lo que deberían y los triunfos se sobredimensionan al máximo, quizá añadiendo más presión al grupo. Pero esto no ha sido sino una consecuencia inevitable al contagio de esa pasión desmedida que transmiten, quieran o no, los responsables de este sueño que estamos viviendo. El triple de Wade Chatman fue un mazazo duro, una bofetada muy seria que trajo la inexplicable sensación de un final apresurado a algo que continúa con más vida que nunca.

El rostro sombrío de los jugadores y cuerpo técnico en el largo regreso a casa añadía más a esa sensación de desasosiego que, sin embargo, pronto dejó paso al optimismo. Caer para levantarse con más fuerza. Esa ha sido la dinámica del deporte desde el principio de los tiempos y el Club Baloncesto Morón no iba a ser menos. Los aficionados estamos con el equipo hasta el final, pero fue en este momento cuando supe que eso no era un compromiso vacío, sino la pura realidad. Tenemos una oportunidad de oro en nuestra casa, con un empate en unas semifinales de play-off de ascenso a LEB Oro y el factor cancha asegurado, algo que habríamos firmado con los ojos cerrados hace meses.

La vuelta a casa fue dura. De noche, con muchos kilómetros por delante y una sensación hueca en el estómago, revisitas mentales al partido, repitiendo la fórmula del «si hubiera pasado esto…». Habíamos caído, pero ya estábamos pensando en levantarnos. Pronto el desasosiego dejó paso a la ilusión. Para cuando llegamos a la rotonda de las tinajas ya teníamos claro que la semana sería muy larga, pero que terminará con un fin de semana para el recuerdo, pase lo que pase.

Y yo volví a dormir en mi cama feliz, dando gracias por haber podido presenciar lo que nuestro equipo lleva por España y por haber conseguido que todo Morón se deje llevar por la magia del baloncesto. El viernes tenemos una nueva cita para hacer leyenda.


Juan Luis Mármol

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